Por Carlos Aznárez
Medio Oriente es una zona del mundo en permanente conflicto.
De eso nadie tiene dudas, pero el gran problema es cuando cualquier ciudadano
quiere apelar a los medios de comunicación corporativos (y de gran masividad)
para enterarse de qué tratan esos conflictos o quiénes son los que los
impulsan, la confusión asume grandes dimensiones.
Desinformación y tergiversación van de la mano para
deslegitimar a gobiernos árabes o persas que enfrentan al imperialismo. Ocurrió
antes, cuando el líder egipcio Gamal Abdel Nasser intentó unir al mundo árabe
en una sola y gran República y fue demonizado por el sionismo israelí, y ocurre
en estos nuevos tiempos en que la coalición de la OTAN generó la invasión y
destrucción en Iraq, volvió a intentarlo con menos suerte en Afganistán, logró
ocupar y destruir Libia y últimamente se ha empecinado, a través del concurso
de mercenarios, en generar el colapso en Siria, buscando el derrocamiento del
presidente Bachar Al Assad.
Si a esto se le suman las falsas acusaciones contra la República
Islámica de Irán y las intrigas, que casi siempre terminaron en invasión y
derrota israelí en El Líbano, se podrá tener una medida de por donde camina la
matriz “informativa” monitoreada desde Washington y Tel Aviv.
En todos los casos, el terrorismo mediático juega un papel
destacado. Ayuda a inventar al “enemigo”, lo rodea de falsas acusaciones (armas
químicas en el caso de Iraq, o desarrollo nuclear con fines bélicos en Irán),
instala el discurso de que a través de dichas iniciativas, “está en peligro la seguridad nacional de
EEUU (como ahora lo repiten con Venezuela) e Israel, y en pocos meses, días u
horas, montan un escenario para desarrollar una operación de castigo. Especulan
en todo momento, con escenarios pre-fabricados de terror, incluso desarrollan
“atentados de falsa bandera” (Charlie Hebdo, ¿les suena?) para atizar el odio
de sectores de la sociedad, débiles en su nivel de conciencia y predestinados a
convertir sus frustraciones ciudadanas en fobias racistas, islamófobas y de
carácter francamente fascistoide. El coctel, a esa altura, ya está listo para
servirlo. Sus consecuencias siempre derivan en miles de muertos, desplazados,
ciudades destruidas, y una descomunal crisis humanitaria.
El caso de Palestina ocupada y martirizada es un ejemplo
permanente de estas campañas. El lobbie sionista que imprime su sello en cada
uno de los holdings mediáticos mundiales, ayuda al terrorismo estatal israelí
en la justificación del genocidio. Acompaña los dichos de los mandamases de Tel
Aviv estigmatizando como “terroristas” a los resistentes a la ocupación,
inventa junto con la prensa sionista (de la que Argentina es importante sede)
falsas situaciones que sirvan de excusa para bombardear Gaza o desquiciar
Cisjordania.
El periodismo que se dice “objetivo” abreva en los cables de
AP, UPI, Reuter o incluso en los Judas de Al Jazeera para “demostrar” que los
palestinos “se buscan” la amarga situación en la que sobreviven. De la misma
manera que la prensa marroquí alimenta la idea de que el pueblo saharaui
provoca situaciones de conflicto reclamando sus tierras invadidas por el
gobierno de Rabat, que los condenó a ser parias en el desierto, con la única
excusa de apoderarse de los yacimientos de fosfato más grandes del mundo.
Frente a este panorama que se repite en cada uno de los
países de la región, los anticuerpos son los medios y los periodistas que desde
la independencia (o la vocación antiimperialista) frente a las grandes
matrices, hacen una tarea constante en aras de recoger las voces y las luchas de
quienes resisten. Allí está el ejemplo constante de Telesur por acercar las
verdaderas causas y voces de los conflictos, o la cadena televisiva y el portal
Al Manar, ligados a Hezbolah, cuyos trabajadores de prensa siguieron sacando al
aire el canal en medio de los bombardeos israelíes que alcanzaron incluso las
oficinas del medio, destruyéndolas. Igual empeño, ha mostrado la gente que
lleva adelante el canal libanés Al Mayadeen. O periodistas palestinos de la
agencia Maa’n, y los “todo terreno”
corresponsales de guerra, como el vasco Unai Aranzadi, el colombiano Vladimir
Carrillo, o Hisham Wannous, de Telesur en Siria, jugándose la vida en medio de
las balas y las bombas para llevar la información tal cual marca la realidad.
En ese mismo ámbito, las cadenas iraníes Hispan TV, Faars, IRNA, Press TV son
puntales, no sólo en la región sino que facilitan la comprensión de los a veces
intrincados conflictos que allí suceden, a receptores de otros continentes.
Conclusión: Medio Oriente no es diferente a otros sitios del
mundo en cuanto a la tarea nociva y manipuladora de los llamados “grandes
medios”. Allí se implantó la figura del “periodista enganchado”, cuando las
tropas de la OTAN invadieron Iraq, y los “hombres (y mujeres) de prensa”
acompañaban dóciles y hasta uniformados, las acciones devastadoras de “sus”
soldados. Allí también, se inventaron secuencias bochornosas para acelerar
invasiones: como aquellas aves empapadas de petróleo en un paraje fraguado de
Iraq, o la plaza de Qatar que por obra y gracia de una filmación se transformó
en la de Trípoli, o los aviones de Gadaffi “bombardeando” a población civil, lo
que sirvió de excusa para iniciar la destrucción de Libia, o los tres
adolescentes colonos israelíes asesinados por los propios sionistas, para apurar
una nueva escalada contra Gaza. Todos esos montajes, sin embargo, fueron
denunciados por la prensa alternativa, en una batalla desigual, pero que tarde
o temprano servirá para desenmascarar el nefasto papel de periodistas y medios
que actúan como amanuenses del Imperio.

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