martes, 21 de abril de 2015

Medio Oriente: Cuando la desinformación ampara al genocidio




Por Carlos Aznárez

Medio Oriente es una zona del mundo en permanente conflicto. De eso nadie tiene dudas, pero el gran problema es cuando cualquier ciudadano quiere apelar a los medios de comunicación corporativos (y de gran masividad) para enterarse de qué tratan esos conflictos o quiénes son los que los impulsan, la confusión asume grandes dimensiones. 


Desinformación y tergiversación van de la mano para deslegitimar a gobiernos árabes o persas que enfrentan al imperialismo. Ocurrió antes, cuando el líder egipcio Gamal Abdel Nasser intentó unir al mundo árabe en una sola y gran República y fue demonizado por el sionismo israelí, y ocurre en estos nuevos tiempos en que la coalición de la OTAN generó la invasión y destrucción en Iraq, volvió a intentarlo con menos suerte en Afganistán, logró ocupar y destruir Libia y últimamente se ha empecinado, a través del concurso de mercenarios, en generar el colapso en Siria, buscando el derrocamiento del presidente Bachar Al Assad.
Si a esto se le suman las falsas acusaciones contra la República Islámica de Irán y las intrigas, que casi siempre terminaron en invasión y derrota israelí en El Líbano, se podrá tener una medida de por donde camina la matriz “informativa” monitoreada desde Washington y Tel Aviv.
En todos los casos, el terrorismo mediático juega un papel destacado. Ayuda a inventar al “enemigo”, lo rodea de falsas acusaciones (armas químicas en el caso de Iraq, o desarrollo nuclear con fines bélicos en Irán), instala el discurso de que a través de dichas iniciativas,  “está en peligro la seguridad nacional de EEUU (como ahora lo repiten con Venezuela) e Israel, y en pocos meses, días u horas, montan un escenario para desarrollar una operación de castigo. Especulan en todo momento, con escenarios pre-fabricados de terror, incluso desarrollan “atentados de falsa bandera” (Charlie Hebdo, ¿les suena?) para atizar el odio de sectores de la sociedad, débiles en su nivel de conciencia y predestinados a convertir sus frustraciones ciudadanas en fobias racistas, islamófobas y de carácter francamente fascistoide. El coctel, a esa altura, ya está listo para servirlo. Sus consecuencias siempre derivan en miles de muertos, desplazados, ciudades destruidas, y una descomunal crisis humanitaria.
El caso de Palestina ocupada y martirizada es un ejemplo permanente de estas campañas. El lobbie sionista que imprime su sello en cada uno de los holdings mediáticos mundiales, ayuda al terrorismo estatal israelí en la justificación del genocidio. Acompaña los dichos de los mandamases de Tel Aviv estigmatizando como “terroristas” a los resistentes a la ocupación, inventa junto con la prensa sionista (de la que Argentina es importante sede) falsas situaciones que sirvan de excusa para bombardear Gaza o desquiciar Cisjordania.
El periodismo que se dice “objetivo” abreva en los cables de AP, UPI, Reuter o incluso en los Judas de Al Jazeera para “demostrar” que los palestinos “se buscan” la amarga situación en la que sobreviven. De la misma manera que la prensa marroquí alimenta la idea de que el pueblo saharaui provoca situaciones de conflicto reclamando sus tierras invadidas por el gobierno de Rabat, que los condenó a ser parias en el desierto, con la única excusa de apoderarse de los yacimientos de fosfato más grandes del mundo.
Frente a este panorama que se repite en cada uno de los países de la región, los anticuerpos son los medios y los periodistas que desde la independencia (o la vocación antiimperialista) frente a las grandes matrices, hacen una tarea constante en aras de recoger las voces y las luchas de quienes resisten. Allí está el ejemplo constante de Telesur por acercar las verdaderas causas y voces de los conflictos, o la cadena televisiva y el portal Al Manar, ligados a Hezbolah, cuyos trabajadores de prensa siguieron sacando al aire el canal en medio de los bombardeos israelíes que alcanzaron incluso las oficinas del medio, destruyéndolas. Igual empeño, ha mostrado la gente que lleva adelante el canal libanés Al Mayadeen. O periodistas palestinos de la agencia Maa’n,  y los “todo terreno” corresponsales de guerra, como el vasco Unai Aranzadi, el colombiano Vladimir Carrillo, o Hisham Wannous, de Telesur en Siria, jugándose la vida en medio de las balas y las bombas para llevar la información tal cual marca la realidad. En ese mismo ámbito, las cadenas iraníes Hispan TV, Faars, IRNA, Press TV son puntales, no sólo en la región sino que facilitan la comprensión de los a veces intrincados conflictos que allí suceden, a receptores de otros continentes.
Conclusión: Medio Oriente no es diferente a otros sitios del mundo en cuanto a la tarea nociva y manipuladora de los llamados “grandes medios”. Allí se implantó la figura del “periodista enganchado”, cuando las tropas de la OTAN invadieron Iraq, y los “hombres (y mujeres) de prensa” acompañaban dóciles y hasta uniformados, las acciones devastadoras de “sus” soldados. Allí también, se inventaron secuencias bochornosas para acelerar invasiones: como aquellas aves empapadas de petróleo en un paraje fraguado de Iraq, o la plaza de Qatar que por obra y gracia de una filmación se transformó en la de Trípoli, o los aviones de Gadaffi “bombardeando” a población civil, lo que sirvió de excusa para iniciar la destrucción de Libia, o los tres adolescentes colonos israelíes asesinados por los propios sionistas, para apurar una nueva escalada contra Gaza. Todos esos montajes, sin embargo, fueron denunciados por la prensa alternativa, en una batalla desigual, pero que tarde o temprano servirá para desenmascarar el nefasto papel de periodistas y medios que actúan como amanuenses del Imperio.


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